Esta remota ciudad fue excavada en piedra sólida
y se remonta al siglo II.
Petra era un enclave estratégico en el que confluían
varias de las rutas caravaneras que exportaban
incienso, mirra y especias desde el valle de
Hadramaut, al sur de la Península Arábiga, hacia
las costas del Mediterráneo.
En la región se asentaban poblaciones tribales
como los edomitas y los moabitas.
Petra era al mismo tiempo una ciudad casi inexpugnable,
sólo accesible a condición de efectuar una obligada
travesía por el largo y estrecho desfiladero
del Siq. Mitad construida y mitad esculpida
en un circo rocoso rodeado de ásperas y secas
montañas atravesadas por una red de fallas,
cañones y gargantas, esta urbe se convirtió
en la prestigiosa capital del reino de los nabateos,
una tribu de pastores nómadas venidos del sur
de Arabia, que tuvo su apogeo entre los siglos
II aC y II dC. Hoy, del Imperio Nabateo sólo
quedan vagos recuerdos y las sublimes ruinas
de su capital, que, aunque brutalmente erosionadas
por veinte siglos de intemperie, aún siguen
despertando nuestro asombro por su extraordinaria
belleza y colorido, y por las fantásticas formaciones
naturales que les sirven de marco.
Petra figura en la lista del Patrimonio de la
Humanidad de la UNESCO desde el año 1985.
Ubicación
En Jordania, a unos 200 km al sur de la capital,
Amman. 60 km al noroeste de la ciudad de Ma'an.
El oasis de Petra está situado en la cuenca
del Wadi Arabah, sumido a su vez en la gran
depresión conocida como Valle del Rift, frontera
natural que corre desde el Golfo de Aqaba hasta
el Mar Muerto, a 392 metros bajo el nivel del
Mar Mediterráneo, y se prolonga por el río Jordán.
La ciudad se agazapaba en un recóndito escondrijo
de la zona montañosa, poblada por numerosas
tribus, donde antes habían florecido los antiguos
reinos de Edom y Moab, varias veces citados
en la Biblia.
El lugar se llama Wadi Musa, o 'río de Moisés'.
Un manantial que nace en el cercano pueblo es
reputado como la fuente de agua que, según las
Escrituras, el patriarca Moisés hizo brotar
milagrosamente en el desierto al golpear con
su vara una peña (Éxodo, 17:1-7). A lo lejos,
en la cima de una alta montaña, el Gebel Harum,
se divisa una construcción blanca que aseguran
ser la tumba de Aarón, el hermano de Moisés.
No cabe duda de que nos hallamos en escenarios
bíblicos.
En la reseca Arabia Pétrea eran de primordial
importancia los lugares donde surgían fuentes
de agua. El líquido elemento determinaba los
puntos claves del comercio caravanero, necesitado
de repostar agua tras las largas travesías por
desiertos inmisericordes, y la red de rutas
se tejía en torno a estas obligadas etapas.
Estas rutas están todavía hoy en uso, aunque
los camellos hayan sido sustituidos por los
camiones y el polvo por el asfalto. Como la
Carretera de los Reyes, que va de Amman a Petra,
no por la monótona autopista del desierto, sino
por la sinuosa e inmemorial calzada que salvando
una sucesión de montes y valles, ríos secos
y cerros aún más secos, coronados a veces por
castillos de los Cruzados, sigue el antiguo
trazado de una de las más transitadas rutas
caravaneras de la antigüedad en Oriente Próximo.
Petra, con sus abundantes provisiones de agua,
aprovechada al máximo por medio de un complejo
sistema de canalizaciones y almacenada en grandes
cisternas a fin de disponer de reservas hasta
en las peores circunstancias, se convirtió en
lugar de confluencia de las caravanas llegadas
desde Arabia con las que cruzaban el Neguev
rumbo a Rhinocolura (El Arish) y al gran emporio
costero de Gaza. Su ubicación como encrucijada
comercial impulsó la prosperidad de los ciudadanos
y el poder de los reyes nabateos.
Lo que hacía de Petra un lugar fácil de defender
y prácticamente inexpugnable era su extraordinario
emplazamiento geofísico, con un único acceso
a través del desfiladero del Siq. La principal
entrada a la ciudad se efectúa, ayer y hoy,
a través de este estrechísimo y alto desfiladero
abierto en una falla de la montaña, y que no
deja al viajero otra alternativa que recorrerlo
a pie o a caballo durante más de un kilómetro
de longitud si quiere llegar al centro urbano,
que duerme el sueño de los siglos en medio de
un circo de montañas rocosas que lo rodean y
defienden como una gigantesca muralla natural.
Ya el geógrafo griego Estrabón había descrito
Petra en parecidos términos: 'La capital de
los nabateos se llamó Petra, puesto que se encuentra
al sur de una altura, uniforme y llana en el
interior, pero rodeada de una mole rocosa, como
una muralla. Así, por fuera es escarpada y vertical,
pero en el interior brotan numerosos manantiales,
tanto para uso doméstico como para la horticultura'
(XVI, 779). 'Petra' significaba en griego precisamente
'la Roca', aunque su nombre nabateo era Raqum
(Reqem en semítico) y los hebreos la conocían
como Sela.
Por su posición estratégica como oasis de caravanas,
en medio de las dos grandes cunas de la civilización,
Mesopotamia y Egipto, se dan en las ruinas de
Petra una síntesis y fusión de diversas influencias
culturales: sirio-fenicias, egipcias, helenísticas
y romanas.
La casi totalidad de los edificios de Petra,
esculpidos en los acantilados que enmarcan el
circo natural, son tumbas rupestres, monumentos
funerarios destinados a honrar la memoria de
ciudadanos nabateos difuntos (sólo uno, el de
Sextus Florentinus, está dedicado a un gobernador
romano). Sin embargo, aunque a primera vista
lo parezca, Petra no es una mera necrópolis,
sino una polis urbanizada y construida arquitectónicamente,
con sus vías columnadas, calles, casas y monumentos.
Esta urbe ocupaba la zona central del circo
de montañas, en cuyos acantilados se excavaban
las tumbas. La ciudad de los vivos estaba rodeada
de la ciudad de los muertos, cuyos monumentos
son la mayoría de los que hoy vemos.
En el paraje de Petra se han descubierto restos
de asentamientos del paleolítico y neolítico,
y de un pueblo repetidamente mencionado en el
Antiguo Testamento: los edomitas. Pero es a
partir de la llegada al lugar de una tribu nómada
de lengua aramea procedente del sur de Arabia,
los nabateos (el término 'nabateo' proviene
de Nabathu, que significa 'de Arabia del Sur'),
hacia el 312 a C, cuando Petra comienza a cobrar
importancia como encrucijada caravanera, creándose
un reino que se expandirá en un pequeño imperio
y alcanzará la cúspide bajo Aretas IV (9 a C
- 40 d C). En este período se erigieron los
principales monumentos conservados hoy.
Las caravanas cruzaban los desiertos de Arabia
rumbo al Mediterráneo, haciendo parada en Petra
para repostar agua. Portaban principalmente
incienso y mirra del Valle de Hadramaut (actual
Yemen), así como esclavos y especias. Los nabateos
organizaron un contingente militar para proteger
estas rutas de salteadores y bandidos, con el
fin de obtener un máximo beneficio comercial
entre el ir y el venir del tráfico caravanero.
Algunas de estas caravanas podían tener su origen
en países tan distantes como China e India y
su recorrido formaba parte de la Ruta de la
Seda. A veces las etapas eran marítimas y los
bajeles circunnavegaban la costa de la Península
Arábiga, para atracar en el Golfo de Aqaba.
De las Indias traían jengibre, pimientas, azúcar,
algodón y perfumes. De China se importaban sedas
y especias. El tráfico comercial se daba en
ambos sentidos, por lo que también se exportaban
a China productos como alheña (henna, tinta
natural), incienso, vidrio, oro y plata. Y telas
como gasas y damascos, cuyas técnicas de tejido
eran desconocidas en aquel entonces en China,
y que toman su nombre de dos de los principales
emporios terminales de las rutas: Gaza y Damasco.
La hegemonía zonal de Petra se vendrá abajo
con la anexión del reino nabateo a la provincia
de Arabia del Imperio Romano en el 106 d C,
por obra de las conquistas de Trajano. Petra
comienza a decaer en el siglo II dC, al mismo
tiempo que empieza el florecimiento y expansión
de Palmyra, otro oasis y centro comercial caravanero
en el desierto sirio, unos centenares de kilómetros
al norte. El acondicionamiento y desarrollo
de nuevas vías romanas que pasaban por Palmyra
y eludían Petra propiciaron aún más esta decadencia.
El cristianismo hace su entrada con el imperio
bizantino: algunos templos paganos o tumbas
se acondicionan como iglesias (por ejemplo,
la Tumba de la Urna) y, extramuros, algunos
barrios se pueblan con seguidores de la nueva
fe.
Con la expansión árabe e islamización de Oriente
Próximo, Petra fue abandonada y cayó en el olvido
y la ruina, sepultada por el polvo de la historia.
Su destrucción final fue probablemente causada
por un gran terremoto, el mismo que arrasó Jerusalén
y Jerash a mediados del siglo VIII. El paraje
se convirtió en un lugar maldito, de peligrosa
visita por la amenaza de los bandidos. Pero
su memoria persistía en leyendas y cuentos,
que hablaban de genios y fantasmas de paganos
muertos que habitaban el sitio, o de la existencia
del tesoro de un faraón oculto en una urna.
Petra fue redescubierta al mundo en 1812 por
J. L. Burckhart, sabio políglota y viajero de
origen suizo que hizo pasarse por musulmán para
poder visitar estos legendarios lugares excluidos
a los ojos occidentales.
Existen otros monumentos nabateos fuera de Petra,
principalmente en el sitio de Medain Saleh (la
antigua Hegra), en Arabia Saudí, y en otros
lugares de Siria y Jordania.
Es célebre también la cerámica nabatea de Petra,
que se puede hallar por doquier incluso hoy
en día, fragmentada en millones de pedazos por
los valles y montes de Petra, de una belleza
y finura inigualables.
La irrupción y ascenso al poder de los
nabateos en Petra fue un fenómeno súbito
que se dio en medio del declive de la
cultura helenística en los países del
Mediterráneo oriental. Una tribu del
sur de Arabia, compuesta de camelleros,
ganaderos y pastores nómadas desplaza
a fines del siglo IV a C a los edomitas,
hegemónicos en las tierras al sur del
Mar Muerto: la Idumea. Éstos se trasladan
más hacia el norte, y entran en conflicto
con los soberanos judíos, quedando atrapados
entre dos reinos hostiles. El reino
nabateo controla al principio los territorios
entre el golfo de Aqaba y las costas
del Mare Nostrum en la región de Gaza
y Rhinocolura, con vistas a proteger
el tráfico de caravanas, y en paralelo
al crecimiento de sus riquezas y poderío
inicia un proceso de expansión territorial,
hasta constituirse en un pequeño imperio.
Aretas I.
Conocido como 'Tirano de los Árabes'
y 'Rey de los Nabatu' (c. 168 a C)
Aretas II.
Una
serie de victorias hacia el 120 a C
dan prestigio a su clan y es proclamado
rey. Participa en el asedio de Gaza
(c. 100 a C). Combate contra Alejandro
Jannaeus, gran sacerdote y rey de los
judíos.
Obodas I
Derrota
a Alejandro Jannaeus (c. 93 a C)
Aretas III
Llamado
Filheleno (84 - 56 a C). Extiende el
reino hasta las puertas de Damasco.
Firma la paz con los judíos. Acuña moneda
y adopta la escritura griega. Funda
Bosra (en la actual Siria).
Malchus I (56 - 30 a C).
Su amistad con Roma trae como consecuencia
una extraordinaria prosperidad económica.
Más tarde se alía con los partos, y
cuando éstos son derrotados, los romanos
exigen un gran tributo al soberano para
ser mantenido en el trono.
Obodas II (30 - 9 a C).
Se hace consagrar un culto como ser
divinizado.
Aretas IV (9 a C - 40 d C).
Llamado
Philopatris. Bajo su reinado el poder
nabateo alcanza su cénit de lujo y opulencia.
Se construyen los principales monumentos
que aún hoy podemos admirar en Petra
y se emprenden grandes obras de almacenamiento
de aguas e irrigación hasta convertir
la plaza en un vergel. Se intensifica
la influencia romanizadora.
Malchus II (40 - 70 d C).
Hijo
y sucesor del anterior, sigue una política
favorable a Roma. Ayuda a Vespasiano
y Tito en la conquista de Jerusalén.
La aparición de otras rutas alternativas
de caravanas ralentiza el tráfico caravanero
y empieza la decadencia económica de
Petra. Se pierde el control de Damasco.
Rabbel II
Llamado
Soter (71 - 106 d C). Último rey independiente
de los nabateos. Al poco tiempo de fallecer,
los romanos se apoderan de la Nabatena,
y Trajano la anexiona a la provincia
de Arabia, trasladando la capital a
Bosra. A partir de entonces Petra es
regida por gobernadores romanos, como
Sextus Florentinus, de quien se conserva
la tumba.
En la aproximación desde el poblado de Wadi
Musa a la entrada al desfiladero del Siq, vamos
viendo al caminar las primeras tumbas nabateas
excavadas en acantilados, y los llamados bloques
djin, grandes monolitos exentos tallados, en
forma prismática, de incierto cometido. El paisaje
se va haciendo más y más agreste. En un recodo
del camino aparece la Tumba de los Obeliscos
y el Triclinio, tallados en una misma pared
rocosa uno encima del otro, que anuncian ya
el Bab el-Siq o Puerta del Siq, la entrada al
desfiladero.
Sólo aparentemente superpuesta al Triclinio,
pues las fachadas no están alineadas verticalmente
en el mismo eje (por lo que se duda que ambos
monumentos estén relacionados entre sí), se
trataría de una tumba de época anterior.
En su fachada tallada destacan los cuatro grandes
obeliscos macizos de pie sobre un plinto sin
decoración, de más de 7 metros de alto cada
uno (en su estado original). Entre los dos obeliscos
centrales, se ve en la pared un nicho que contenía
antaño una imagen escultórica, hoy muy erosionada.
La composición del conjunto recuerda a la de
la fachada del templo rupestre de Ramsés II
en Abu Simbel, Egipto, y de hecho las influencias
estilísticas egipcias ya empiezan a dejarse
notar desde este monumento, único en Petra,
aunque el sentido iconográfico difiera del que
se les atribuía en el país del Nilo; aquí los
obeliscos simbolizarían cuatro deidades, representadas
bajo la forma abstracta de monolitos-dioses,
un tipo de representación no-figurativa de la
deidad que se dió entre los nabateos y aparece
frecuentemente en Petra y otros lugares de Oriente
Próximo.
En medio del plinto se abre una puerta sencilla
que da acceso a una cámara pequeña de 7 x 5
m, desprovista de decoración, con dos nichos
mortuorios a cada lado y uno en la pared del
fondo.
Se encuentra inmediatamente debajo de la Tumba
de los Obeliscos, tallado en la vertical de
una roca cuya insuficiente altura no ha permitido
desarrollar unas proporciones clásicas para
la fachada, quedando ésta como encajonada entre
el suelo y la tumba superpuesta. No se conocen
las razones por las que se eligió lugar tan
poco adecuado para el edificio, habiendo tantos
donde poder escoger.
Se llama triclinio al asiento en forma de diván
en que se reclinaban griegos y romanos para
asistir a un banquete, y, por extensión, al
comedor o sala en la que tenía lugar el ágape.
En Petra encontraremos varios ejemplos de triclinios
usados en banquetes funerarios rituales.
La mitad superior de la complicada fachada,
con su juego de frontones triangulares y circulares,
sigue el mismo modelo que el de la Tumba del
Frontón Partido, mientras que el conjunto recuerda
en su composición a la parte inferior de la
Tumba Corintia. Aparecen ya aquí significativos
rasgos del estilo arquitectónico-escultórico
llamado nabateo.
Entre las dos pilastras adosadas centrales de
las seis que componen el piso bajo de la fachada,
una deteriorada puerta perfora el muro y da
entrada a una simple cámara de 7 x 8 metros,
desnuda de todo ornamento, a no ser por una
bancada corrida de 2 metros de ancho tallada
adosada a tres de las paredes.
El curso del Wadi Musa es interceptado por una
pequeña presa que le impide el paso al Siq,
siendo desviado por un túnel lateral que atraviesa
el monte, socavado ex-profeso para canalizar
el agua de las eventuales riadas originadas
por lluvias torrenciales.
La presa se salvaba mediante un puente. Esta
única puerta de entrada a Petra había de ser
franqueada pasando bajo un arco monumental que
enlazaba las dos paredes verticales del primer
tramo del Siq. Todavía pueden apreciarse a cierta
altura restos del arranque del arco, así como
los dos nichos entre pares de pilastras, antaño
albergando quizá sendas estatuas, que harían
las veces de jambas. El arco estaba todavía
en pie el siglo XIX, como puede admirarse en
un bello grabado romántico de León de Laborde
del paisaje de Bab el-Siq, hasta que se derrumbó
en 1896.
El desfiladero del Siq, una enorme pero muy
angosta diaclasa o falla que divide en dos la
masa pétrea en la que Petra se esconde, como
si la montaña el Kubtha se hubiera resquebrajado
de arriba abajo y dejara una rendija para atravesarla,
avanza haciendo eses, se ensancha a ratos, se
estrecha otros hasta extremos increíbles, sus
paredes verticales toman una altura de hasta
70 metros. Por el lateral izquierdo corre a
todo lo largo del suelo del desfiladero una
canaleta excavada en la piedra por los nabateos.
A intervalos irregulares aparecen nichos votivos
esculpidos en las paredes.
Llegado a cierto tramo, el pasadizo se sume
en la oscuridad y el cielo, que hasta ahora
se reducía a una exigua cinta de luz azul allá
en lo alto del doble acantilado, desaparece
por completo. Estamos en la parte más profunda
y oscura del Siq, pero ya cerca del final. De
pronto retumban las paredes con el golpeteo
de los cascos de los caballos de los beduinos
que atraviesan el desfiladero, y el eco se reproduce
por toda la falla. Por fin, tras 1.200 metros
de claustrofóbica marcha, se vislumbra tras
un último recodo el tramo final del desfiladero.
Y al fondo, como en un cuento, va apareciendo
poco a poco, por la vertical rendija, como si
un telón se abriera, la maravilla: el Jazneh
Fairum o Tesoro del Faraón. Es un momento mágico
e inolvidable para cualquier visitante de Petra.
El Jazneh Firaum, o Tesoro del Faraón, es el
primer monumento de Petra realizado con un marcado
carácter helenístico y uno de los que mejor
se conservan. Es el primer edificio que se descubre
nada más atravesar el estrecho desfiladero del
Siq, que da acceso a la ciudad muerta. Todo
él monolítico, completamente esculpido de arriba
abajo en la gran pared frente a la que desemboca
el Siq, nos hallamos ante una obra que podemos
calificar de arquitectura-escultura. Su pureza
de líneas, sus proporciones, la calidad de talla,
son de primerísimo orden, y su estado de conservación
es casi intacto, haciendo de éste un edificio
único en el mundo.
Dado su emplazamiento, en el fondo de un profundo
barranco de altos paredones, llamado Wadi al-Jarra,
la luz del sol apenas incide en la fachada del
Jazneh unas pocas horas del mediodía, estando
el resto de la jornada bañada por luces indirectas
que se reflejan en las paredes y resaltan el
color rosado del conjunto. También en la sombra
la fachada resplandece y su color cambia con
el paso de las horas, transitando por todos
los matices desde el crema tostado hasta el
malva
Encastrado en una profunda oquedad tallada en
la roca, el monumento es prolongado hacia arriba
por el resto del acantilado, que lo domina y
protege de las lluvias y el viento, lo que explicaría
su óptimo estado de conservación.
El tamaño de la fachada (30 m de ancho x 43
m de alto) es colosal, y se puede apreciar por
referencia a los nativos y a los dromedarios
que suelen verse al pie. Sólo la urna que remata
la fachada mide más de 3 metros. Los capiteles,
la linterna, los frontones angulares, el friso
de guirnaldas, las esculturas de seres alados,
grifos, águilas y caballos situadas en los intercolumnios,
la decoración de las puertas, alcanzan un grado
de refinamiento que sería difícil de encontrar
en la misma Grecia. La estatua central del thólos
o quiosco circular superior ha sido identificada
como Isityché, una divinidad sincrética que
responde a las características de Isis y de
Tyché, o diosa de la Fortuna (figura que también
aparece en las monedas de Petra). Lástima que
las estatuas hayan sido martilleadas y casi
destruidas, la mayoría en la época inmediatamente
posterior a la expansión de la nueva fe islámica,
en la que se desató una furia iconoclasta en
todo Oriente Próximo, tras la promulgación de
un decreto del califa Yazid II (720-24) que
ordenaba la destrucción de todas las estatuas
e imágenes en tierras musulmanas.
La gran urna maciza que corona el edificio da
su nombre al monumento: Jazneh Firaum o Tesoro
del Faraón. Con el colapso del mundo grecorromano
y posterior implantación del islam, los usos,
ritos y lenguajes clásicos perdieron su sentido
para los habitantes de Oriente Próximo, dando
paso a nuevas interpretaciones basadas en el
mito y la fantasía. Una de las leyendas que
arraigó fue la de que Petra ocultaba tesoros
en inexpugnables escondrijos, uno de los cuales
estaría en el interior de la vasija de piedra
que remata el tejado del quiosco superior del
Jazneh, y sería nada menos que un rico tesoro
guardado allí por el faraón de Egipto. Esta
leyenda ha subsistido hasta hoy día, y no era
raro ver hace pocos años a beduinos disparando
con sus fusiles a la urna de piedra maciza,
en un vano anhelo de hacerla estallar para desparramar
el oro y las piedras preciosas que contiene
en su interior (práctica que hoy está oficialmente
prohibida.) El toponímico árabe de la honda
garganta en la que se ubica el Jazneh, Wadi
al-Jarra, hace también referencia a la urna
del tesoro.
No hay acuerdo entre los arqueólogos acerca
de la fecha y uso original de este monumento.
Su estilo arquitectónico es ajeno al estilo
nabateo que predomina en Petra y se ajusta a
los cánones del helenismo tardío, en su momento
de decadencia y abarrocamiento. Los capiteles
son de inspiración corintia. Su exquisita fragilidad
no tiene paralelo en otras realizaciones arquitectónicas
de Petra. Se ha aventurado la hipótesis de que
el monumento fue diseñado por arquitectos y
artistas traídos del occidente heleno, probablemente
en tiempos del rey nabateo Aretas III Filheleno
(84-56 a C). Otros supuestos apuntan a que el
edificio sería el mausoleo del soberano Aretas
IV (9 a C - 40 d C).
La planta tripartita se corresponde grosso modo
con el plano de un templo egipcio. Un patio
exterior con un pórtico de seis columnas corintias
de fuste cilíndrico liso (una de ellas tiempo
ha derrumbada, pero relevantada en 1960: de
haberse tratado de un edificio construido y
no esculpido, se hubiera venido abajo con la
columna) y un patio interior con accesos a tres
cámaras, dos laterales y una grande enfrente,
a la que se entra por una puerta monumental
con tres escalones, en cuya pared del fondo
se abre una pequeña cámara a modo de santuario.
Se accede a las cámaras laterales, más pequeñas,
por sendas puertas excavadas en la pared, de
afiligranada decoración escultórica con pilastras
en lugar de jambas, friso, ménsulas, cornisa,
acróteras y, rematando el conjunto, hermosos
óculos de bordes esculpidos.
Las paredes interiores de todas las cámaras,
tanto en éste como en otros edificios de Petra,
son lisas y desnudas de toda decoración. No
era así en tiempo de los nabateos, ya que los
paramentos estaban enlucidos y pintados. Hoy
apenas quedan restos del lujo decorativo desplegado
en las construcciones de Petra y la Nabatena,
pues se ha perdido la pintura; pero aún pueden
distinguirse las estrías sobre las que se asentaba
el mortero. La superficie de piedra de los muros
nunca se pulía, sino que se dejaban unas delgadas
estrías paralelas incisas en diagonal por toda
la extensión del muro, para ayudar a una mejor
fijación del emplaste.
La garganta del Wadi Jarra tuerce a partir del
Jazneh hacia la derecha y se va ensanchando,
mientras atraviesa ahora la sierra de Attuf,
en dirección al área central de Petra. El cauce
del Wadi Musa se abre paso por esta fractura
y, cuando lleva agua, arrastra derrubios que
terminan por formar el pavimento del sendero.
Este tramo se denomina Siq Exterior. Al avanzar
por él se van viendo a los lados decenas de
fachadas de edificios excavados en los acantilados,
adyacentes entre sí, y modeladas en un peculiar
estilo de origen asirio. Estamos en la llamada
Calle de las Fachadas, un extraño conglomerado
de habitáculos esculpidos en forma de prismas
cuya función como tumbas o casas está todavía
en debate entre los arqueólogos. Estas edificaciones,
que cuentan entre las más antiguas de los nabateos,
ostentan en general una sencilla fachada prismática
horadada por una puerta y cruzada por cornisas.
Su rasgo más exótico lo constituyen los frisos
adornados de curiosos relieves en forma de almenas
escalonadas que denominan 'escalerillas de cuervo'.
Las cámaras interiores son pequeñas, de planta
rectangular y por lo general desprovistas de
adornos, aunque hoy día llenas hasta la mitad
de arena. Son simples cajas de paredes, suelo
y techo lisos, que contrastan por su austeridad
con la magnificencia y lujo decorativo de las
fachadas correspondientes.
El color predominante es el rojo, pero se dan
muchos otros colores: amarillos, malvas, violetas,
formando las areniscas caprichosas estratificaciones
y veteados. Es un fenómeno geológico erosivo
que se combina con la talla de la mano del hombre
para crear un conjunto, mitad artificial y mitad
natural, que es propio y único de Petra.
Más adelante surge a la derecha un grupo de
tres tumbas adyacentes, entre las que domina
una con fachada de doble cornisa. El nivel del
terreno ha subido, y algunas tumbas de tipo
asirio quedan medio enterradas, percibiéndose
sólo sus partes superiores. Una falla horizontal
en la pared del acantilado fue utilizada para
canalizar aguas, mediante la instalación de
piezas de tuberías cilíndricas de barro acopladas
entre sí (de las que pueden verse muestras en
el museo de Petra).
Mención especial merece una tumba exenta, clasificada
bajo la denominación de Tumba Brünnow 70 (según
el sistema de numeración de monumentos de Petra
propuesto por el arqueólogo alemán Brünnow).
De forma prismática, ostenta una fachada con
una falsa puerta adornada con un friso de triglifos
y metopas, y con un frontón triangular. Sobre
ella, una doble cornisa corre por todo el perímetro
del edificio y está coronada por una azotea
plana rodeada en los bordes por una a modo de
cerca esculpida con el motivo asirio escalonado
que, en este caso, no es en bajorrelieve sino
de cuerpo entero exento y semejante a un parapeto
de almenas. Se trata de una solución arquitectónica
única en Petra, aunque puede verse un motivo
similar rematando (en una reconstrucción conjetural)
el tejado del santuario central del Gran Templo
de Bel, en Palmyra. La fuerte erosión provocada
por siglos de intemperie hace que parezca que
las caras de este bloque monolítico de piedra
arenisca se estén derritiendo. El bloque está
quebrado en dos, con una línea de fractura que
corre de techo a suelo por una fachada lateral.
Al rato de progresar por el Siq Exterior hace
su aparición a mano izquierda el teatro romano,
que tiene sus graderíos también tallados en
roca, como es usual en Petra. En fases posteriores
a la conquista de Petra por las legiones de
Roma en el 106 dC, tras un largo asedio en el
que lograron la rendición al cortar el suministro
de agua, los colonizadores romanos reurbanizaron
la ciudad y erigieron nuevos monumentos siguiendo
una política de implantación de los usos y estilo
de vida de la metrópoli.
Un barrio entero de casas fue arrasado en esta
zona para excavar la cavea del teatro, propinando
un gigantesco mordisco a la colina rocosa en
la que se asienta. No faltan las escaleras de
circulación entre las 33 hileras de gradas,
que podían acoger entre tres y cuatro mil espectadores.
Todo el graderío está esculpido en un basamento
monolítico, hoy muy erosionado, que se prolonga
por arriba con las fachadas de casas o tumbas
de estilo asirio que, al estar colgadas a suficiente
altura, se salvaron de la remodelación. Quedan
en Petra los escasos restos de otro teatro más
pequeño y de época posterior, situado un poco
más adelante, cerca del Ninfeo, en el punto
donde el Wadi Musa hace un recodo y tuerce hacia
el área central de la ciudad.
Poco más allá del teatro, el Siq Exterior se
ensancha y encamina hacia el extenso valle central
de Petra. Un bloque djin monolítico se halla
caído en posición oblicua, reclinado sobre otras
rocas. El cauce del Wadi Musa rodea los bastiones
del monte Attuf y, dejando a la derecha las
masivas murallas del monte Kubtha, tuerce con
decisión hacia el oeste para alcanzar el comienzo
de la Calle Columnada.
Una bifurcación a la derecha permite seguir
bordeando los acantilados del monte Kubtha y
descubrir un grupo de tumbas rupestres que rivalizan
en espectacularidad con el Jazneh y el Deir:
las llamadas Tumbas Reales, formadas por las
tumbas de la Urna, de la Seda, Corintia y del
Palacio.
Llama la atención por su gran altura. Está tallada
en una profunda concavidad a modo de patio vaciada
en la pared del acantilado, cuyo suelo, situado
a elevado nivel, está sostenido por un basamento
compuesto por dos pisos de arcadas abovedadas.
No hay consenso sobre su uso primitivo, habiéndosele
apodado sin fundamento 'Corte Real de Justicia'.
Algunos estudiosos sostienen que se trataría
más de una capilla funeraria o un triclinio
al aire libre que de una tumba propiamente dicha.
Tampoco es fácil de fechar. Autores antiguos
sugieren que nos hallamos ante la tumba del
rey nabateo Malchus II (fallecido en 70 dC).
Las reducidas ventanas entre las columnas de
la fachada comunican con cámaras independientes
colgadas a gran altura e inaccesibles para animales
y ladrones, que serían loculi o nichos para
depositar cuerpos difuntos. La del centro está
cerrada por una losa, esculpida con una figura
muy borrada que, según testimonios del pasado,
representaría el torso de un hombre vestido
con una toga; según el Abate Starcky, estaríamos
contemplando el retrato del difunto Malchus
II, a quien pertenecería la cámara funeraria
trasera. La tradición nabatea de colocar las
cámaras funerarias en lugares inviolables por
su gran altura se repite en varias tumbas de
Petra, y hallaremos reminiscencias de esta costumbre
en las torres-tumba de Palmyra, Dura Europos
y todo el Oriente Próximo grecolatino.
El estilo arquitectónico de la tumba posee un
marcado aire romano en su composición general,
aunque las características concretas de la decoración
y detalles constructivos son nabateas y helenísticas.
La fachada adopta la característica doble cornisa
nabatea y en lo más alto luce un gran frontón
rematado otra vez por una vasija o urna de piedra
maciza, que da su nombre al monumento. Dos columnatas
de robustas columnas cilíndricas lisas flanquean
el gran patio de 23 m de ancho que antecede
a la gran cámara baja central de 19 x 21 m,
iluminada por una monumental puerta con frontón.
Desde el patio se domina una espléndida vista
panorámica sobre el área central de Petra, cercada
de farallones montañosos, entre los que domina
el Umm al-Biyara.
Esta tumba se encuentra
un poco más al norte, tallada también en las
paredes rocosas del monte Kubtha, al fondo de
una profunda concavidad.
La Tumba de la Seda no presenta ningún rasgo
excepcional desde el punto de vista arquitectónico,
al tratarse de una tumba que sigue un modelo
simple, abundante en Petra, con cuatro pilastras
adosadas al muro de fachada sustentando una
doble cornisa rematada por el típico motivo
asirio de escalerillas. Esta tumba es, no obstante,
célebre a causa de la vívida coloración de su
fachada de piedra, puesta en evidencia por la
erosión de su superficie externa, que deja ver
las subyacentes bandas de veteados polícromos
de la arenisca en toda la parte baja de la fachada.
Los colores de las vetas (azules, salmones,
lilas, rojos, rosas, malvas, violetas, grises)
se funden entre sí tan suavemente y trazan un
dibujo tan sinuoso y de matices tan delicados,
que evocan al combinarse la textura tornasolada
de un tejido de seda; de ahí el nombre otorgado
al monumento.
A poca distancia de la anterior, siguiendo más
hacia el norte, la Tumba Corintia recibe este
nombre de los primeros arqueólogos que la estudiaron
y dieron por supuesto que sus borrados capiteles
eran de orden corintio. Esta interpretación
sería inexacta, dado que los capiteles son variaciones
de los que adornan el Jazneh.
Los derrumbamientos y la erosión de siglos han
desfigurado este monumento hasta el punto de
que sólo se puede distinguir el esbozo de lo
que fue.
La fachada se divide en dos claros pisos superpuestos,
pero las partes superior e inferior se basan
en estilos arquitectónicos diferentes. La mitad
superior es una directa imitación de la parte
superior del Jazneh, mientras que la inferior
reproduce el complejo juego de líneas y planos
del Triclinio del Bab el-Siq, y ofrece una gran
similitud con las fachadas de la Tumba del Frontón
Partido y la Tumba del Renacimiento. Responde,
por tanto, a una mezcla o más bien a una superposición
del estilo helenístico con el estilo nabateo
local. La tumba adopta, y esto se aprecia al
primer golpe de vista, el mismo porte y modelo
estructural que el Jazneh y el Deir.
En la parte baja de la fachada, las puertas
laterales entre las columnas de la izquierda
rompen la simetría propugnada por las directrices
clásicas, no estando compensadas por los pequeños
nichos que se abren a la derecha. La cámara
central, de 10 x 13 m de planta, gravemente
deteriorada en varias zonas, no conecta con
las otras cámaras laterales.
Contigua a la Tumba Corintia, la llamada Tumba
del Palacio, también conocida como Tumba de
los Tres Pisos, es renombrada por sus inmensas
proporciones. Ostenta una de las más grandes
e imponentes fachadas de Petra, compuesta de
tres pisos de complicados ritmos arquitectónicos,
y está en su mayor parte realizada en técnica
rupestre, pero combinada con una superestructura
construida en piedras sillares.
Se le llama Tumba del Palacio por su supuesta
similaridad con un palacio real, ya que poseía
elementos que habrían sido imitados de la Domus
Aurea de Nerón, en Roma.
La articulación de la planta baja no se corresponde
con la del resto del edificio, que es de pronunciado
acento nabateo. Cuatro hermosos portales, enmarcados
por pilastras y ornados con frontones triangulares
y curvos alternos (todos, excepto el de la derecha,
en un deplorable estado de conservación), invitan
a penetrar en las cuatro cámaras correspondientes,
estando sólo las dos centrales interconectadas.
La mayor mide en planta 11 x 8 m aprox. En su
tiempo, estas salas estarían enlucidas y cubiertas
de motivos pictóricos ornamentales. Hoy los
lisos paramentos lucen otro tipo de decoración:
el que la Naturaleza reservaba para nuestra
sorpresa oculta bajo la capa de pintura desaparecida.
Y es, una vez más, el maravilloso juego abstracto
de líneas, masas y colores, a base de manchas
de cebra ocres sobre fondos rojo sangre y racimos
de vetas ondulantes como olas petrificadas,
que se pone en marcha cuando las entrañas profundas
de estos montes de areniscas polícromas son
horadadas y alisadas por el cincel.
En el piso intermedio, dieciocho columnas adosadas
sostienen un entablamento a base de entrantes
y salientes, patrón que se repetirá en el piso
superior, muy arruinado. La mayor parte de este
tercer piso estaba construida en piedra sillar
y no excavada en la roca, al sobrepasar el monumento
la altura del acantilado. Su derrumbamiento
parcial dificulta calcular la altura original
del edificio. Tampoco ha podido ser datado con
seguridad.
El sendero prosigue al norte de las Tumbas Reales
y cruza un segmento arruinado de la antigua
muralla bizantina, que se levantó en este lugar
a fin de mejor defender el sector norte de Petra
de las incursiones foráneas. Desciende luego
al fondo seco de un wadi que corta la montaña
y en el agudo promontorio que forma la confluencia
de los dos cauces hace su aparición la penúltima
de las tumbas talladas en el Kubtha, aislada
y alejada de las demás.
Se trata de la única tumba de Petra que muestra
una inscripción en latín y fechable. La inscripción
se halla grabada en una losa sobre la puerta,
bajo el frontón circular central. Deja constancia
de que nos hallamos ante un monumento funerario
en honra y memoria de Lucius Papirius Sextus
Florentinus, gobernador romano de la provincia
de Arabia (hacia el 127 d C), mandado construir
por su hijo (hacia el 130 d C), obedeciendo
la voluntad de su progenitor, que habría querido
ser sepultado aquí. Entre otros muchos títulos,
Sextus Florentinus ostentaba el cargo de Legado
de la Legión VIIII Hispania, y tenía autoridad
para acuñar monedas de oro y plata.
El complejo diseño de la fachada es de carácter
romano, pero los detalles constructivos reflejan
una marcada influencia nabatea. Destacan los
tres frontones superpuestos, los que rematan
la fachada y el portal, triangulares, y el del
centro, curvo, casi semicircular, con el borroso
relieve de un águila posada en el tímpano. Las
áridas condiciones climatológicas de Petra han
trabajado también para desgastar la fachada,
que parece derretirse en blandas capas de lava
fundida.
Más al nordeste, en la orilla frente a la garganta
que corta el Kubtha, al borde de su desembocadura
en el valle central de Petra, la Tumba Carmín
hace pareja con la de Sextus Florentinus, como
si entre ambas guardaran la entrada al wadi.
Debe su nombre al vívido colorido rojizo que
impregna su fachada, producto una vez más de
la descomposición de la superficie de piedra
arenisca que destapa el veteado natural subyacente,
en una explosión de manchas granates y bermellones
que se entremezclan con bandas espigadas a modo
de plumas de colores azules y blancos.
Desde esta tumba partía en dirección oeste la
muralla nabatea septentrional levantada para
proteger esta zona del valle, que al estar circundado
de colinas y montes más bajos y accesibles de
lo habitual en el laberinto rocoso de Petra,
constituía un punto débil entre las defensas
naturales de la ciudad.
Al norte, al fondo del valle, domina la mole
puntiaguda de Moghar al-Nassara, en cuyas abruptas
laderas salpicadas de peñascos se arraciman
otros grupos de edificios rupestres.
Es el nombre con el que se conoce este conglomerado
de habitáculos y tumbas, diseñadas con distintas
soluciones arquitectónicas, que trepan por las
pendientes de la colina. Se trataría de un suburbio
de Petra situado extramuros al norte de la muralla
septentrional. Por la gran cantidad de cruces
incisas en sus paredes, se ha deducido que se
trataba de un barrio periférico habitado por
cristianos, o tal vez un ghetto cristiano, poblado
en el periodo entre el declive de la Petra romanizada
y el advenimiento del islam. El nombre de Nassara
(Nazaret en árabe) da pistas sobre su procedencia.
Algunas de las tumbas están habitadas esporádicamente
por familias de beduinos, y otras son usadas
de establos para las cabras. Destaca, entre
otras, una erosionada tumba de fachada de corte
clásico, con cuatro sólidas pilastras adosadas
que parecen no sostener nada. Y es que el entablamento
consistiría seguramente en una superestructura
no tallada, sino construida con hiladas de sillares,
que ha desaparecido sin dejar rastro bajo los
embates del tiempo.
Las cisternas donde los nabateos almacenaban
el agua de las lluvias abren sus bocas en el
suelo con más frecuencia por esta zona, y en
los sitios más inesperados. Son enormes y las
hay de muchas épocas, si bien todavía no han
sido datadas con exactitud. La boca de cada
cisterna es reducida, pero su interior, horadado
en la roca maciza del suelo, se ensancha en
extraplomo como si fuera el interior de un ánfora
de dimensiones gigantes. Los agujeros no se
ven en el pedregoso terreno hasta estar prácticamente
encima, no están vallados ni señalizados, y
si alguien se cayera dentro de uno de los aljibes
que perforan estas remotas y desiertas laderas,
le sería imposible salir sin ayuda.
Más a occidente, a orillas del wadi Turkamaniya
y a nivel del agua, dos nuevas tumbas rupestres
esculpen sus fachadas en un paredón vertical
de las crestas de Ma'aiserat.
La más destacable es la llamada Turkamaniya.
Está muy deteriorada, pues le falta toda la
mitad inferior, probablemente a causa de los
destrozos provocados por las riadas, quedando
toda la parte superior como colgada y en peligro
de desplome.
La tumba es señalada porque es la única que
conserva una inscripción en nabateo muy extensa
y de claro trazado. Puede distinguirse grabada
en el muro liso entre las dos pilastras centrales.
Proclama que esta tumba, con todas sus numerosas
dependencias y utillaje, estaba consagrada a
la divinidad Dushara o Dusares,'el Dios de nuestro
Señor'. Del texto se desprende que cada tumba
era un complejo funerario compuesto de muchas
dependencias adjuntas, como habitaciones, triclinio,
depósito de agua, jardines, etc., además de
la cámara sepulcral propiamente dicha
El interior consta de una cámara prismática
de 10 x 7 m en planta que comunica con otra
cámara más interna, en cuya pared del fondo
se ha horadado un nicho mortuorio sencillo.
Si
siguiéramos el curso del wadi Turkamaniya, que
enfila decidido hacia el sur, paralelo al trazado
de la muralla septentrional de Petra, desembocaríamos
otra vez en el wadi Musa en su discurrir por
el centro urbanizado de la ciudad.
Pero dejemos la descripción de este centro para
más adelante, y antes dispongámonos a trepar
por el escarpado cañón del wadi Farasa, que
se abre trabajosamente paso entre los riscos
del monte Attuf, en la zona más meridional del
paraje de Petra, deteniéndonos ante cada uno
de los monumentos que jalonan el camino.
Nada más empezar, los acantilados se pueblan
de una abigarrada multitud de edificios rupestres
tallados unos junto a otros al azar de las anfractuosidades
del terreno, como si formaran frentes de fachadas
de calles de un pueblo, que a veces se superponen
hasta tres niveles de altura. Al igual que en
la Calle de las Fachadas, son en su mayoría
monumentos de perfil prismático, con decoración
de molduras de caveto y remates escalonados
asirios.
Es el primer monumento que hallamos en esta
garganta, cincelado en el paredón de la izquierda.
Aunque no tiene nombre específico, y ni siquiera
se ha confirmado que sea una tumba, se le ha
dado en llamar así por la belleza y el virtuosismo
desplegados en su fachada de equilibradas proporciones,
que recuerda lejanamente al estilo de algunos
pórticos de la Italia del Renacimiento.
Frente a un patio amplio y espacioso, se eleva
el imponente frontispicio, que parece formado
por dos fachadas concéntricas: la exterior compuesta
de dos enormes pilastras de estilo nabateo que
soportan un entablamento con frontón triangular
rematado por tres urnas, enmarcando el conjunto
la fachada interior, donde se repite el juego
de pilastras, pero esta vez con frontón curvo.
Al estar apartado del centro, lejos de la vigilancia
de los guardianes de las ruinas de Petra, éste
y otros edificios de la zona son eventualmente
ocupados por familias de beduinos de vida nómada,
dedicadas al pastoreo, que suelen encontrar
refugio temporal en estos habitáculos.
A poca distancia de la anterior, justo antes
de que el cañón del Farasa empiece a cerrarse,
esta pequeña tumba es interesante desde el punto
de vista artístico porque resuelve algunos de
los desajustes que se daban al intentar combinar
el estilo nabateo con el clásico en la arquitectura
de Petra. Se han suprimido detalles superfluos
y simplificado al máximo los elementos arquitectónicos,
hasta alcanzar la síntesis básica de una fachada
grecolatina de frontón partido, diseñada con
una sencillez y claridad de líneas de indiscutible
sabor clásico. Datará probablemente del periodo
romano.
Por una escalinata se sube a la plataforma que
antecede a la entrada, en cuyo suelo rocoso
se excavaron dos depósitos de agua. La cámara
está horadada con abundantes loculi sepulcrales.
La garganta del wadi Farasa se va estrechando
por momentos hasta convertirse en un mero pasillo
entre montañas, al mismo tiempo que emprende
con brío el ascenso hacia las cumbres. Pero
antes de internarnos por esta ruta, que nos
conducirá al Lugar Alto de Sacrificios, visitemos
antes otra garganta paralela un poco más al
sur, al pie del Gebel al-Najr.
Es
una de las tumbas más desconocidas de Petra,
al no ser apenas visitada por hallarse en un
remoto escondrijo a desmano de todas las rutas
y senderos.
Su fachada, de corte clásico, se asemeja a la
de la Tumba del Soldado Romano, aunque es más
baja y alberga un solo piso. El vértice superior
del frontón está ligeramente redondeado y rematado
por un pedestal cuadrado. En el interior se
abren loculi a gran altura. Se puede fechar
con casi total seguridad en el periodo romano
de la historia de Petra.
Las escalinatas desembocan en un amplio patio
natural formado por un ensanchamiento de la
garganta. En una hondonada de la pared de la
derecha se eleva la fachada de la tumba; frente
a frente, al otro lado del desfiladero, se abre
la puerta del Triclinio. Ambos edificios estaban
conectados por un patio columnado del que no
quedan vestigios. Algún tanque de agua es detectable
por las cercanías. Los altísimos acantilados
se ciernen amenazantes sobre todo el complejo,
que parece sumergido en un profundo pozo.
Más cercana a la tradición mediterránea occidental
que a la nabatea, el frontis de la tumba responde
en su composición general a los modelos clásicos
ortodoxos. Sólo algunos detalles, como los capiteles,
son de raigambre nabatea. La factura de estos
capiteles podría ser descrita como una variante
del orden corintio, con el perfil externo de
los racimos de hojas de acanto simplificado
y estilizado hasta la abstracción geométrica.
Al esculpir el edificio, fue destruido otro
anterior en el lugar, como lo delatan los nichos
que asoman por encima del frontón, restos supervivientes
del precedente. Dos pilastras cuadradas y dos
columnas cilíndricas encastradas en un muro
de fachada sostienen el entablamento con friso
de triglifos y metopas discoideas (semejantes
a las de la Tumba de la Urna), y encima el frontón,
respaldado éste por un paramento liso. Más arriba
arranca la abrumadora masa del acantilado.
En los vanos que dejan las columnas se abren
a la altura del segundo piso tres ventanas rectangulares
ciegas, de las cuales asoman sendas estatuas
antropomorfas. Las tres estatuas están esculpidas
en varios bloques cada una y adosadas a las
ventanas. La estatua decapitada central ha sido
clasificada como la de un soldado romano, en
base al tipo de armadura que viste. Las otras
dos están más desgastadas, y ninguna ha podido
ser identificada con algún personaje en concreto,
aunque se presume por la magnitud del complejo
funerario que el mausoleo estaría consagrado
a un dignatario de muy alto rango.
El interior alberga dos cámaras, con nichos
arcados en las paredes para introducir sepulcros.
Su situación cara a cara de la Tumba del Soldado
Romano no deja lugar a dudas sobre la interconexión
de ambos recintos.
Aunque carece de fachada, y de la puerta no
queda sino un informe hueco, éste es el triclinio
más llamativo y mejor conservado de Petra, por
el lujo inusitado de su interior. De hecho,
aparte el Jazneh, es el único edificio de Petra
que conserva decoración rupestre interna, realizada
a base de semicolumnas de fuste bellamente estriado
embebidas en las paredes, alternadas con hornacinas
en los vanos. Los capiteles son de orden toscano.
No obstante, el máximo artífice del decorado
interior del Triclinio no fue el hombre, sino
la Naturaleza, coautora anónima de esa ciudad
de los prodigios llamada Petra, que pone aquí
una vez más en danza la maravillosa paleta de
colores ocultos bajo la superficie de estas
piedras, aflorados con el tiempo para recreo
de nuestros ojos. Un fondo general de rojos,
fucsias y granates de varios tonos y gradaciones,
surcado de relampagueantes vetas en color gris
plateado, confiere a la estancia una atmósfera
de cálida semipenumbra, propicia para efectuar
un descanso en la fatigosa ascensión.
Una amplia bancada corrida en forma de U recorre
tres de los muros, en torno al centro, donde
estaría la mesa de banquetes, para la celebración
de las fiestas funerales en honor a los difuntos.
Fuera, un nuevo tramo de escaleras salva el
desnivel que conduce a un idílico rincón agazapado
entre estos abruptos peñascos, donde se esconde
un pequeño edificio rupestre llamado Templo
Jardín.
Erróneamente apelada Tumba del Jardín, no muestra
ningún elemento que permita deducir que se trata
de una tumba, sino que más bien su fachada y
estructura interna sugieren que nos hallamos
ante un templo. En cuanto al jardín que le da
nombre, no queda ni rastro, como no sea un puñado
de matojos que mordisquean unas cabras que bajan
en picado desde la montaña, por el fondo del
cañón, siguiendo la ruta ancestral. Pero el
enclave es recogido y placentero, sobre todo
en primavera, cuando se ven verdear algunos
arbustos que se encaraman por los roquedos.
Los montes siguen creciendo a ambos lados, sin
que se divise el final.
El templo es más antiguo que la Tumba del Soldado
Romano, pero fue incorporado con posterioridad
a dicho complejo funerario, que yace inmediatamente
debajo. Sobre una terraza nivelada se abre un
portal clásico con dos columnas exentas de tambores
cilíndricos, entre dos pilares cuadrados adosados
a modo de jambas, formando el conjunto un pórtico
in antis, umbral de entrada a una cámara trapezoidal,
prolongada por una segunda cámara interna rectangular
más pequeña iluminada por un tragaluz. Se puede
acceder al tejado por el exterior, para observar
unas pequeñas cisternas que se abren en la azotea.
Una sucinta vereda camuflada entre los arbustos
ataca ya la parte más empinada de la garganta.
Torciendo a la izquierda, trepa decidida rumbo
a la cumbre del monte Attuf por un zigzagueante
sendero de cabras que, en sus vueltas y revueltas
por los escarpes modelados por la erosión con
las formas más inverosímiles, con extraplomos
que desafían la gravedad, presenta de cuando
en cuando tramos de escaleras cinceladas en
el suelo de roca para ayudar a salvar peligrosos
pasos al borde de precipicios. El agotador ascenso
requiere la buena forma física de un montañero,
pero sobre todo exige carecer de vértigo. Aquí
y allá se ven grandes lagartos recostados al
sol.
A media altura de la montaña el viajero se topa
con un gran relieve moldeado en la pared, con
la forma de un león de unos cinco metros de
largo, visto de costado y con la cara de frente.
Los restos cercanos de un canal de agua revelan
que este monumento sería antaño una gran fuente
pública de agua potable, para uso de quienes
efectuaban el ascenso al Alto Lugar de Sacrificios
por esta ruta procesional. El agua manaría de
un caño colocado en la boca del león.
El león tenía un papel en la simbología de la
religión nabatea: era la criatura asociada a
la diosa Al-Uzza. Las dos deidades principales
del panteón nabateo eran Dushara y Al-Uzza,
que destacaban entre otras muchas divinidades
y genios (djin).
Dushara, en griego Dusares, fue un dios masculino,
probablemente adoptado de los edomitas. Se le
simbolizaba no de una forma figurativa sino
abstracta (en la tradición de otros pueblos
de Cercano Oriente, que rechazaban la figuración
icónica de la divinidad, entre ellos los israelitas)
con un bloque de piedra más o menos cuadrado
y exento de adornos, al que llamaban Beth-El,
la Casa de Dios. El betilo sería la piedra negra
que habría entregado el arcángel Gabriel al
patriarca Abraham, en las tradiciones preislámicas
de los pueblos de Cercano Oriente. Este betilo
o piedra sagrada podía adoptar también otras
formas, como la de un pilar o un obelisco. El
culto a Dushara era de carácter aristocrático
y no popular, con ceremonias privadas reservadas
a la familia real y altos dignatarios. Con la
romanización, Dushara fue asimilado con Dionisos.
Al-Uzza era una divinidad femenina, con un papel
secundario respecto a Dushara. Originalmente
era llamada Allat (la Diosa) por los pueblos
de la región. Su nombre significa 'la Poderosa'
y era considerada como la diosa del pueblo,
siendo su culto más común, extendido a todas
las capas populares. Los romanos la identificaron
con Venus.
Al
proseguir la escalada por esta antigua ruta
ceremonial van surgiendo de las paredes otros
restos rupestres: nichos votivos, altares, deidades-bloque.
Llegamos por fin a la cima, agotados, sudorosos
y sedientos, bajo el sol abrasador de la Arabia
Pétrea. Todo Petra se extiende allá abajo a
nuestros pies, con su valle central y el laberíntico
circo orogénico que lo amuralla, con la imponente
mole vertical del Umm al-Biyara dominando la
escena en primer término. Más allá la cadena
montañosa continúa y sus cumbres se van difuminando
con la bruma hasta perderse en un horizonte
borroso.
La cima del monte Attuf está aterrazada por
la mano del hombre, formando una vasta explanada
dividida en dos partes. La parte sur es la Plataforma
de los Obeliscos y la parte norte el Alto Lugar
de Sacrificios.
La Plataforma de los Obeliscos es un área relativamente
nivelada, en medio de la cual emergen y disparan
sus puntas hacia el cielo dos grandes obeliscos
monolíticos de más de siete metros de alto,
situados a una treintena de metros uno de otro
y alineados en dirección este-oeste. Son de
perfil troncopiramidal con cuatro caras de pronunciado
talud, y no están colocados sobre el suelo sino
que forman parte indisoluble de él, pues están
labrados en la misma masa rocosa que el resto
de la montaña. De hecho, no son los obeliscos
los que han sido tallados, sino la montaña entera
alrededor de ellos, en una labor de vaciado
de toda la cima hasta lograr despejar los dos
monolitos. Una excavación de magnitud faraónica
que nos plantea preguntas acerca del propósito
último de tan descomunal esfuerzo, aunque el
estado actual de los conocimientos sobre la
religión nabatea no permite sino respuestas
conjeturales.
Los obeliscos representarían a una o dos deidades,
según la simbología anicónica en forma de dios-bloque
con que se evocaba a Dushara. El enclave es
conocido en árabe como Zibb Attuf, que podría
traducirse como 'el lugar del Falo Misericordioso'.
Quizá haya aquí reminiscencias de cultos a la
fertilidad practicados anteriormente en el lugar,
pero no deja de ser una hipótesis sin confirmar,
aunque se sabe seguro que el Alto Lugar era
ya utilizado para ritos sacrificales por las
tribus que precedieron a los nabateos.
Cerca se ven las ruinas de una especie de fuerte
construido con bloques de piedra, casi completamente
arruinado, y del que no hay acuerdo en la datación.
No se sabe si es cruzado, bizantino o nabateo.
Un poco más al norte, y a un nivel más elevado,
se extiende la explanada del llamado Alto Lugar
de Sacrificios, Madhbah en árabe, que es el
mejor preservado de todos los altares de sacrificios
de la antigüedad.
Estamos nada menos que a 1.100 metros de altura
sobre el nivel del mar, por lo que es aún más
sorprendente, dadas las extremadas condiciones
climáticas de este desierto pétreo, el buen
nivel de conservación con que nos ha llegado
el complejo rupestre.
Se compone de una plataforma más o menos ovalada,
en mitad de la cual se ubica el santuario. Un
patio de 16 x 7 m muestra en el centro una pequeña
tabla saliente rectangular, que sería la mesa
de ofrendas. Un triclinio mira hacia la tabla.
Más arriba, unos escalones rupestres conducen
a otro nivel donde se hallan los altares propiamente
dichos, uno rectangular, que levanta un metro
sobre el suelo, y otro circular, que se usaba
para libaciones, ambos provistos de pequeñas
canalizaciones de drenaje. En el centro del
altar rectangular hay un pequeño zócalo donde
se instalaría el betilo o piedra sagrada, que
era exenta y portátil. Cerca se abren pequeñas
cisternas y un tanque de agua.
En estos altares se celebraban sacrificios cruentos.
Los canales evacuaban la sangre, y los depósitos
de agua servían para la limpieza de las instalaciones
y las abluciones de los sacerdotes. La sangre
era un símbolo de vida y los sacrificios eran
vistos como ceremonias de renovación de la relación
entre los hombres y los dioses, con el fin de
propiciar el bienestar y la prosperidad de los
ciudadanos, llevándose a término el ritual en
una atmósfera de júbilo y festejo. La mayoría
de las veces se sacrificaban animales, pero
hay testimonios de que se practicaban también
sacrificios humanos. La diosa Al-Uzza, como
Estrella Matutina, recibía el sacrificio de
muchachos y doncellas que se inmolaban en su
honor.
Del Alto Lugar de Sacrificios parte otro camino
ritual que baja el monte Attuf por la vertiente
norte y va a parar al Siq Exterior, cerca del
teatro romano. La vía tiene tramos excavados
en forma de rampas profundas entre paredes verticales,
cuya monumentalidad hace suponer que ésta sería
la principal ruta de subida al centro ceremonial.
Una vez abajo dirigimos los pasos hacia el corazón
del valle de Petra, y tomando la gran Calle
Columnada que enfila hacia el oeste, nos encaminamos
por fin al área central de la ciudad.
El
centro urbano de Petra se asentaba hacia la
parte media de un amplio y ondulado valle rodeado
de una colosal muralla montañosa fracturada
por cañones, por el que atravesaba el cauce
del Wadi Musa.
Paralela al cauce corría de este a oeste la
gran Calle Columnada, flanqueada de importantes
edificaciones públicas. Hoy esta zona es un
amasijo informe de escombros y montículos de
arena, muros derrumbados, sillares desperdigados,
tambores de columnas caídos y amontonados en
un grupo de ruinas tan caótico que tardará décadas
en desvelar sus misterios enterrados. La zona
está actualmente en periodo de excavación y
poco a poco, año tras año, van saliendo a la
luz nuevas construcciones y restos que van ayudando
a componer el ingente rompecabezas. Las excavaciones
son llevadas a cabo, entre otras entidades,
por el Instituto Francés de Arqueología de Oriente
Próximo y por el Departamento de Antigüedades
de Jordania.
Lo que está claro es que este centro urbanizado
desmiente la percepción inicial de que Petra
es una ciudad compuesta por edificios rupestres.
Aquí todo es construido en aparejo de piedra,
por contraste con la mayoría de monumentos descritos
hasta ahora, que eran cincelados en roca.
Por la cantidad y extensión de las ruinas de
las barriadas residenciales, se ha calculado
que en el momento de su apogeo, hacia el siglo
II d C, la ciudad daría cobijo a unos 20.000
habitantes.
La Calle Columnada era la arteria central de
la vasta urbe con trazado ortogonal de calles
y manzanas de casas, agrupadas por barrios y
jalonadas de edificios públicos grandiosos.
Hoy ha sido despejada en parte y relevantadas
algunas de sus columnas, de fustes cilíndricos
compuestos de tambores más delgados que lo habitual
en el mundo romano. Al comienzo, en la confluencia
entre el Wadi Mataha y el Wadi Musa, crece un
frondoso árbol que marca el emplazamiento de
un Ninfeo o fuente pública dedicada a las ninfas.
Las aguas desviadas del Siq salían por aquí
y el ninfeo era una terminal del sistema de
aguas.
Yendo en dirección oeste por la Calle Columnada,
a un lado y a otro se elevaban adyacentes diversos
edificios y recintos públicos. A la izquierda:
tres mercados consecutivos con hileras de pequeñas
tiendas que daban a la calzada, un gran templo
con propileo y un templo más reducido. A la
derecha hay una torre bizantina y más adelante
un edificio llamado Palacio Real, un gimnasio
anexo, y el gran templo de la diosa Atargatis,
con un pórtico de 17 x 9 m y una cella porticada.
Todo degradado hasta un estado de ruina total,
la mayor parte a nivel de mero basamento y semienterrado
por dunas de arena y escombros.
La avenida desembocaba en el Temenos o recinto
sagrado del templo principal, de 130 x 65 m,
embellecido con tres exedras semicirculares,
al que se accedía por una puerta triunfal de
tres vanos, decorada con columnas y jambas con
paneles de rosetas.
El templo albergado en el recinto es actualmente
conocido como el Qasr el-Bint, y es el mayor
y más entero de todos los edificios construidos
en aparejo de piedra (no rupestres) de Petra.
Su nombre completo en árabe hunde su origen
otra vez en las leyendas: Qasr el-Bint Firaum
o 'Palacio de la Hija del Faraón'.
El Qasr el-Bint, por su posición sobre un promontorio
y por la gran altura de sus paredes, que a pesar
de las sacudidas sísmicas todavía alcanzan los
23 metros, domina majestuosamente el Temenos
o recinto sacro. Hasta hace poco se creía que
era de época romana, pero recientes estudios
lo cuestionan. En la actualidad se cree que
es nabateo tardío, probablemente del reino de
Obodas II (30-9 a C).
Adyacente y en el mismo eje de entrada se eleva
una plataforma de sillares rectangular, a la
que se llega por una escalinata, que sería el
Altar de los Altares.
El exterior del templo es un prisma casi cúbico
de proporciones masivas elevado sobre un ancho
podio y tiene una orientación norte-sur. Un
pórtico columnado in antis, o sea, embebido
en el edificio y no saliente, de cuatro columnas
y dos pilastras, estaba coronado por un frontón
clásico. Los muros de sillar sostenían un friso
de rosetas y triglifos, una cornisa y un parapeto.
Paneles cuadrados con decoración de yeso adornaban
las pilastras esquineras, de parecida manera
a la decoración de la puerta del Temenos. El
descarnado arco de medio punto que se ve actualmente
a gran altura era en realidad el arco de descarga
del gran portal rectangular de acceso al recinto.
El interior estaba compuesto por una cella,
precedida por una pronaos y prolongada por dos
adyton en las esquinas (en la misma fórmula
seguida en Baalbeck y en el Templo de Bel en
Palmyra), con una cámara intermedia entre ellos.
Tenía dos pisos. El lujo decorativo era inusitado,
conjugando elementos como frisos de guirnaldas
y motivos arquitectónicos en trompe l'oeil realizados
en yeso (de los que quedan algunos restos) sobre
las paredes. Todo emplastecido y coloreado al
gusto nabateo.
Por la magnitud y prominencia del Qasr el-Bint,
se ha deducido que este santuario estaba consagrado
al dios supremo Dushara.
No lejos del Qasr el-Bint, detrás de la gran
peña donde se halla el museo de Petra (una cámara
excavada en la roca con unos pocos restos escultóricos
y cerámicos expuestos en vitrinas), el cauce
del Wadi Siyagh bordea a un lado unas canteras
y al otro el pie del Umm al-Biyara, el monte
más alto de Petra, un colosal peñasco con todas
sus paredes cortadas en vertical. De una surgencia
brota agua, que al poco se convierte en escueto
arroyo. Llama la atención la súbita aparición
del verde: huertas y matorrales, adelfas en
flor, un pequeño oasis en medio de los secarrales.
Tras un meandro el riachuelo es alcanzado por
el cauce seco del Wadi Hadhbat al-Zeitun, afluente
del anterior. Este cauce baja por unas gargantas
que, al ser remontadas se transforman en un
formidable cañón que tuerce y se hace cada vez
más agreste y pendiente. Los acantilados a la
derecha tienen a veces superficies talladas
y alisadas por la mano del hombre. Las alturas
a las que los operarios debían trabajar son
inmensas. Los riscos se van afilando y recortando,
y el sendero avanza entre grandes cascajeras,
hasta hacerse impracticables. Allá arriba, en
lo alto de estas mismas intrincadas peñas, se
yergue el Deir o Monasterio, del que nos separan
precipicios.
El
Deir o Monasterio se halla enclavado en la parte
alta de un conjunto montañoso rodeado de afilados
riscos cortados por precipicios, lejos del centro
urbano, que no se puede alcanzar sino subiendo
a pie durante tres cuartos de hora de penoso
camino entre rocas. Algunos tramos en los que
el tortuoso sendero sortea barrancos o salva
pendientes empinadas están provistos de escaleras
talladas en el suelo de roca en tiempo de los
nabateos. El total de escalones suma 750 en
todo el trayecto.
Al principio de la ascensión, al fondo de un
pequeño wadi con alguna otra tumba excavada,
se abre el Triclinio del León, cuya puerta central
ha adoptado por obra de la erosión la forma
de un enorme ojo de cerradura. La fachada rupestre
luce dos pilastras adosadas con capiteles de
estilo nabateo, un arquitrabe, un friso de triglifos
y metopas con medallones, y un frontón con acróteras
rematado por una urna. La puerta está flanqueda
por dos leones en bajorrelieve, que dan nombre
al monumento.
Continuando la escalada, el paisaje se va haciendo
más y más escarpado, y adopta infinidad de caprichosas
formas como consecuencia de la erosión de milenios.
A los lados del sendero se abren vertiginosos
abismos. Los pastores de cabras se comunican
entre sí desde la cima a los valles por el procedimiento
del grito, y pueden llevar conversaciones a
larga distancia sin necesidad de teléfono. Poco
antes de llegar a la cima, un peñasco a la derecha
está acribillado de cubículos rupestres a distintas
alturas, como si se hubiera incrustado aquí
un rincón de la Capadocia. Llaman a este paraje
el Hermitage, y quizá fue transitado en época
paleocristiana, pero no hay evidencia firme
de que se tratase de un eremitorio.
Llegamos al término de la ruda subida a una
extensa planicie aterrazada artificialmente
a 200 metros sobre el nivel del valle, preparada
para las grandes congregaciones que asistían
a los rituales en este alto lugar. A la derecha,
como luchando por escaparse de la masa rocosa
que la envuelve y aplasta, emerge de la montaña
la deslumbrante fachada del Deir. Estamos en
el límite occidental de Petra.
La fachada del llamado Deir o Monasterio, de
dimensiones titánicas, está profundamente esculpida
en el flanco de una montaña de piedra, y tiene
47 m de ancho por 42 m de alto. Debió ser utilizada
como tumba de un rey, y más tarde convertida
en un lugar de culto.
Se trata, por tanto, de una gigantesca escultura
monolítica con forma de edificio. Un ejemplo
señero de arquitectura rupestre, en un enclave
de especial santidad para los nabateos. El esquema
general y la disposición de los elementos 'arquitectónicos'
en dos pisos, con dos frontones angulares flanqueando
un thólos central rematado por una urna, están
inspirados en el modelo del Jazneh o Tesoro,
con un eslabón intermedio en la Tumba Corintia,
pero la estructura es de mayores dimensiones
y de un estilo más simplificado, despojado de
estatuas y adornos. La composición global puede
conservar un cierto aire helenístico, pero la
factura es ya totalmente autóctona. No hay temas
figurativos: nichos ciegos, frisos sin más iconografía
que unas metopas discoideas, triglifos y gotas.
La estilización llega al máximo con los capiteles
'de cuernos', abstracción geométrica a partir
de los acantos corintios. Los constructores/escultores
acentuaron al máximo, con sus juegos de líneas
cóncavas y convexas, de entrantes y salientes,
los efectos de claroscuro.
Las proporciones relativas de los dos pisos
superpuestos son tan perfectas que no dan idea
del colosal tamaño del monumento, haciéndole
parecer más pequeño de lo que es, ilusión que
se desvanece cuando una persona se aproxima
y pueden así apreciarse, por referencia, sus
descomunales medidas. La puerta mide 9 metros
de alto, y sólo el zócalo que cierra la base
tiene la misma altura que la persona. A diferencia
del Jazneh, el santuario no posee un vestíbulo
porticado.
El interior no es sino una sencilla cámara cúbica
de paredes lisas, de 13 x 11 m en planta, cuya
austera desnudez contrasta con la monumentalidad
de la fachada. Al fondo hay un nicho con arco
al que se accede por unos escalones, y que antaño
custodiaría la estatua de alguna divinidad.
Se ha supuesto también que este edificio podría
ser la tumba de Rabbel II, último monarca independiente
de Petra (71-106), siendo acondicionada como
monumento funerario en conmemoración del rey
divinizado. Otros autores lo identifican como
un mausoleo de mediados del siglo II d C consagrado
al culto de Obodas I, rey nabateo de principios
del siglo I a C. Sea como fuere, es difícil
de datar, pero por su estilo podría situarse
su ejecución en fechas próximas a la ocupación
romana (106 d C).
Por una peña lateral se puede trepar hasta la
parte superior del Deir, una enorme urna cimera
de piedra maciza colocada sobre un capitel de
estilo nabateo a modo de peana que corona el
templete circular central. Este gigantesco remate
de seis metros alcanza tal altura sobre la montaña
que puede ser divisado desde el fondo del valle
y de los más lejanos puntos de Petra, como un
mojón de referencia.
Si el Jazneh es el alfa, el Deir es el omega
del arte de Petra, el último gran logro de los
arquitectos nabateos antes de la decadencia.
A 15 km al norte de Petra, existe otra Petra
en miniatura y casi desconocida, en el sitio
llamado Wadi al-Barid.
Es un pequeño desfiladero abierto en el mismo
macizo montañoso donde se esconde Petra, cuya
entrada hay que franquear por una cancela, junto
a una tumba tallada en la pared, al estilo de
las nabateas, pero distinta a todas por algún
detalle divergente. Se avanza por una angosta
falla apodada el 'Pequeño Siq' y, una vez atravesada,
aparece en la vertical de los peñascos la fachada
de una tumba monumental con cuatro columnas
clásicas, así como gran cantidad de estancias
cavadas a un lado y otro del estrecho valle.
En el interior de una estancia alta pueden apreciarse
unos pocos restos de pinturas murales sobre
estuco, a base de motivos vegetales de zarcillos
entrelazados, algún pájaro, y figuras humanas.
Todo en un pésimo estado de conservación, al
hallarse el paraje en completo abandono y olvido.
Este recinto natural era empleado en tiempos
antiguos como caravasar o lugar de hospedaje
para caravanas de camellos. El valle se corta
bruscamente por unos empinados paredones de
piedra reseca. Hacia arriba el paisaje se vuelve
más silvestre, se resquebraja en barrancos,
brechas y wadis secos que taladran una altiplanicie
salpicada de encinas y rastrojos. Más atrás,
cadenas montañosas de piedra negra se superponen
a otras de piedra ocre semejantes a dunas. Al
fondo, el atormentado paisaje se suaviza y aplana,
cayendo hacia una llanura de la que no se ve
el horizonte, velado por la bruma. Más allá
está Palestina.
Asentamiento de la Edad de Hierro a unos kilómetros
de Petra, es uno de los pocos vestigios del
pueblo antecesor de los nabateos por estos pagos:
los edomitas. Las exiguas ruinas, a nivel de
basamento, de un modesto poblado de casas de
piedra con restos de molinos, pueden datarse
alrededor del 6.000 a C.